Cómo sanar nuestras heridas – Dr. Charles Stanley

Pisar descalzo un clavo = dolor punzante. Sacar ese clavo = dolor punzante. ¿Ignoraría el clavo para ahorrarse el dolor de la extracción? No, a menos que quiera una infección gangrenosa. La elección es obvia cuando se trata de nuestra salud física. Sin embargo, la mayoría de nosotros somos culpables de enterrar las heridas emocionales, permitiendo que se conviertan en una amargura total. En este mensaje, el Dr. Stanley nos exhorta a examinar nuestras partes sensibles. Sí, puede ser doloroso hacerlo, pero al final vale la pena. Encuentre valor para enfrentar sus heridas y experimente el toque sanador de Dios. Para más mensajes de Charles Stanley, incluyendo la transmisión de esta semana, visite www.encontacto.org/vea

Reedifique y establezca una

vida de fe constante y de

comunión con Dios

Comience hoy mismo.

[música]

locutor: En Contacto con el
Dr. Charles Stanley celebra

45 años de la fidelidad de Dios.

Hoy, en el programa
En Contacto,

“Cómo sanar nuestras heridas”.

Dr. Charles Stanley: Alguien
lo hirió hace un año, hace 10

años o mucho tiempo atrás y de
algún modo en su interior no

puede superarlo.

A veces dice que nunca pasó,
pero en su interior sabe que

sí pasó.

Así que trata de negarlo y eso
no funciona.

Lo suprime y de algún modo
vuelve a salir.

Y a veces sale de una manera
vergonzosa.

Usted sabe en su interior que
algo sucedió que lo puede

identificar.

De hecho, puede señalar a la
persona.

Y lo que al parecer fue solo un
poco doloroso al principio, de

algún modo se solidificó como
cemento en su mente.

Está ahí.

Situado ahí, permanece ahí, su
carga está ahí.

Quisiera liberarse,
deshacerse de ello,

pero simplemente no puede.

Lo lastimaron tanto que de algún
modo siente que nunca

en su vida podrá superar esto.

Quisiera decirle, hermano, ¡Sí
se puede!

Porque mire, si usted no supera
las heridas del pasado, lo que

descubrirá es esto.

Esas heridas pueden hacer mucho
daño a su vida.

Todos sufren en algún punto de
la vida.

A los niños los hieren sus
padres.

Los padres se hieren.

Los amigos se lastiman.

El dolor es parte de vivir en la
sociedad en la cual vivimos.

La gente dice cosas que no
deberían, de la nada.

A veces es muy deliberado, a
veces son rumores maliciosos.

A veces es una lesión física.

A veces es abuso, abuso de un
niño, de un adolescente o de

otro adulto.

Todo tipo de cosas en nuestra
vida nos causan heridas.

Así, lo que debemos hacer es
decidir cómo trataremos

esta herida.

¿Trataré esta herida de tal modo
que me dañe en cada aspecto de

mi vida?

¿O aprenderé a tratar esta
herida de tal forma que la

podré asimilar, manejarla
adecuadamente y seré capaz

de aprender algo de ella,

extraer algo, crecer como
resultado de ella, y no

permitirle que me dañe?

Porque Dios no quiere que
respondamos a las heridas de tal

modo que devasten nuestra vida,
perdamos nuestro testimonio, que

vayamos cargando una especie de
carga emocional de la cual nunca

podremos escapar.

Quisiera que me acompañe a
Efesios, capítulo 4.

Y en este Efesios 4, que es uno
de mis libros favoritos de la

Biblia, porque en el Pablo ha
incluido tanta teología en los

primeros 3 capítulos y tanta
vida cristiana práctica

en esa parte.

Y en este capítulo 4 ha estado
hablando de cosas con las que

lidiamos en nuestra vida, sobre
renovar nuestra mente y lidiar

con la ira y demás.

Luego dice, si lo notan,
llegando al final en el

versículo 30, dice: «Y no
contristéis al Espíritu Santo de

Dios, con el cual fuisteis
sellados para el día de la

redención».

Y lo contristamos de muchas
formas y él habló de algunas de

ellas por nuestro hablar y
demás.

Y dice en el versículo 31:
«Quítense toda–escuche esto,

quítense de vosotros toda
amargura, enojo, ira, gritería y

maledicencia, y toda malicia.

Antes sed benignos unos con
otros, misericordiosos,

perdonándoos unos a otros, como
Dios también os perdonó a

vosotros en Cristo».

Creo que todos sabemos que hay
algunas heridas en la vida que

podemos perdonar muy fácil y
decir: «Bueno ya sabes, me

lastimaste pero, lo superaré, y
entiendo que te equivocaste, o

entendí que en ese tiempo de tu
vida te pasaba algo» o lo

que sea.

Luego hay heridas tan profundas
en la vida de algunos, que

parece que de algún modo
no pueden superarlas.

Van a la iglesia, oyen el
evangelio, saben la verdad, y

dicen: «Bueno, eso dice
Dios y eso es lo que siento,

pero…»

Y de algún modo, muchas veces no
se dan cuenta de que aferrarse a

las heridas, aferrarse a sus
heridas comienza a causarles un

gran daño en cada
aspecto de su vida.

Aferrarse a una herida muchas
veces es una seguridad

para usted.

Cuando alguien se aferra a una
herida tanto tiempo, con el

tiempo, la sola idea de
renunciar a ella se convierte

en una amenaza mayor que el daño
que la herida le causa.

Y entonces pienso en
niños que vienen y son abusados

por sus padres, ya sea sexual o
físicamente o incluso

verbalmente, y crecen y tienen
que vivir con esta carga toda

su vida.

Y lo que pasa es que crecen con
ira hacia sus padres,

por ejemplo.

Y como resultado de ello, ah, la
relación, por supuesto, nunca es

como debería ser.

Y van por la vida preguntándose:
¿por qué me siento

de esta manera?

¿Por qué siento hacia mis
padres lo que siento,

o hacia alguien más?

Y así, con frecuencia no lo
identifican.

Porque dicen: «Oh, sí, me
lastimaron antes, pero a todos

los lastiman y, por ende, lo he
olvidado».

No lo ha hecho.
Mire, no solo olvida el dolor.

Tiene que lidiar con las heridas
de una forma u otra.

Las heridas no tratadas
adecuadamente nos dañan en cada

aspecto de nuestra vida.

Quisiera que lo veamos, porque
pasa esto, esas heridas

en la vida, a menos que se
traten bien, se traducirán en

un espíritu rencoroso.

Y con frecuencia ese espíritu
rencoroso puede ser muy sutil,

especialmente esto es cierto si
es el resultado de algo que un

padre hizo, porque es una
respuesta natural y normal que

una persona diga: «Bien, después
de todo, ella es mi madre».

Después de todo, él es mi padre.

Seguro amo a mi papá.

Seguro amo a mi madre.

Y de algún modo este «amo a mi
madre», «amo a mi padre», «son

mis padres» es una forma de
intento verbal de encubrir y

poner capa tras capa, tras capa
de olvido de lo que

pudo suceder ahí.

Pero lo que le digo es esto.

No desaparece simplemente porque
diga: «Amo a mi madre, amo a mi

padre».

Y muchas veces, si ha habido una
herida real, no los ama

realmente.

Quisiera amarlos.

Quiere amarlos.

Se supone que debería, debería
amarlos.

Lo dice en su corazón, y por
ende piensa que sí, cuando en su

interior ese dolor es como un
profundo, profundo cáncer por

dentro.

Y aunque en la superficie todo
se ve muy bien, en el fondo

nunca sana.

Y es como un veneno que gotea.

Es, está envenenando nuestro
sistema.

Y por eso muchas veces más
adelante en la vida, padres e

hijos entran en conflicto y hay
una explosión y alguien dice:

«He pensado esto, o he sentido
por años y años y años».

Y a veces una persona le dice a
su padre: «Hace 20 años, hace 30

años, 40 años, esto es lo que me
hiciste».

Y esto a veces es algo que un
padre ni siquiera se dio cuenta

de que había hecho.

O algo que quizá un amigo hizo
hace unos años y no sabía que lo

hizo, y todo el tiempo ha estado
allí.

Y a veces llega tan profundo al
centro de su corazón y alma, lo

estremece, quizá lo saca de
quicio, lo saca de curso.

Así, debemos retroceder y decir:
«¿Cómo debo responder a esto?».

Escuche atento.

Nadie, nadie puede hacer que
usted y yo tengamos

un espíritu rencoroso.

Nadie puede obligarnos a ese
extremo.

Nadie puede causarme tener un
espíritu rencoroso.

Nadie puede hacerme enfadar.

Nadie puede hacerme hostil.

Nadie puede causar malicia en mi
corazón.

Esas son respuestas que debo
consentir en mi, y que mi

ser emocional aceptar o
rechazar.

Y si permito que estas emociones
me inunden y permito que se

desborden en mi vida y me
controlen, es porque elijo estar

enojado, elijo tener malicia,
elijo no perdonar, yo elijo

tener ese tipo de actitud.

Bien, esto es lo que
me ha ayudado por encima

de todo en mi vida personal

y es: cuando pienso en
el hecho de cuando el Señor

Jesucristo fue a la cruz, se
llevó todos mis pecados

en la cruz con Él.

No importa qué haya hecho, lo
que haré, Él ya me ha perdonado

cada cosa en particular.

¿Cómo puedo guardar rencor por
alguien más, ser rencoroso con

ellos, cuando Él no ha sido
rencoroso conmigo?

Esa persona puede ser molesta.

Puede, puede ser obstinada.

Quizá no quiera ser mi amiga ni
tener qué ver conmigo.

Ahora, cómo responden es una
cosa.

Cómo responde el otro es una
cosa.

Pero lo importante es ¿cómo
responderé?

¿Voy a permitir que un espíritu
rencoroso, una herida en mi

vida, se convierta en algo
dañino para mí?

¿O voy a responder sin importar
cómo responda el otro?

Cuando dice: «Quítense de
vosotros», dice: «Toda malicia,

y sed benignos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos

unos a otros como el Señor nos
perdonó».

Bien, cuál, ¿cuáles son los
daños que enfrentamos?

Primero: emociones dañadas.

Hay mucha, mucha gente, de
hecho, quizá la mayoría.

No diría que todos, pero la
mayoría son dañados en algún

punto de su vida emocional.

Viven con daño emocional.

No, de algún modo no lo
reconocen, no entienden qué es.

Saben que son infelices.

Saben que no tienen
satisfacción.

Saben que las cosas solo no les
salen muy bien.

Por una razón, parece realmente
y en verdad que no pueden seguir

disfrutando de la vida y
avanzar en ella.

No pueden, no pueden dejar atrás
su pasado.

Y una de las tragedias de la
vida es encontrar a alguien que

se aferra al pasado,
se aferra a heridas pasadas.

Y no las puede olvidar, no las
libera, se niega a hacerlo.

Se convierte en su seguridad.

Y luego, si debe dejarlas ir,
no sabe qué hacer porque se ha

convertido, escuche, como un
elefante en su vida.

Esta gran cosa en su vida,
que de algún modo sienten y

expresan y albergan y alimentan
este resentimiento y hostilidad.

Una de las cosas, una de las
áreas que causa daño, es el daño

emocional.

Bien, piénselo un momento.

Cuando una persona siente estas
cosas de aquí: ira y

resentimiento y demás, y no
escapan de ellas, pasa esto.

Influye en todo en su vida.

No hay excepción.

Influye en todo en su vida.

Si no lidia con ello, influye
todo en su vida.

Y ¿qué pasa?

Pasa esto.

Sus emociones se congelan.

Escuche, usted, escuche, no
puede, no puede tener

heridas en su vida

que le han vuelto amargado,
resentido, rencoroso, hostil y

enojado, y aunque usted pueda
reprimir eso, ¿sabe qué pasa?

Congela sus emociones.

No puede amar.

Lo intenta pero no puede.

No puede amar, ni ser libre, no
puede dar, ni ser generoso.

¿Por qué?

Porque algo lo paralizó.

Algo lo enredó y lo estancó.

Congeló sus emociones.

No solo no puede amar
genuinamente a otro, no puede

aceptarlo.

Y muchas veces, esposos y
esposas, uno no acepta el amor

del otro.

¿Por qué?

No sabe por qué.

No puede, dice: «Ámame.

Por favor, por favor, ámame».

Y al mismo tiempo alejan a la
otra persona.

¿Por qué?

Porque algo se solidificó,
algo se congeló ahí dentro.

Algo ahí dentro está mal.

Algo debe, mire, debe
disolverse.

Su ira, resentimiento y
hostilidad, esas heridas deben

disolverse.

Y Dios necesita traer sanidad en
esa persona.

No pueden amar.

Y lo que pasa es que tenemos
una carga emocional.

Congelamos nuestras emociones.

Congelamos nuestra capacidad de
amar.

Y mire, alguien puede tratar de
amarlo, amarlo, amarlo, amarlo.

Y ¿sabe qué?

De algún modo usted no confía
en ellos.

O de algún modo, no puede
sentirlo, ni experimentarlo, ni

recibirlo, no puede, porque lo
han lastimado tanto,

usted no puede.

No sabe por qué no.

Y ¿qué pasa?

Debe ser muy fuerte.

Hermano, escuche.

Puede ser muy fuerte.

Prefiero ser benigno.

Él dice, dice, mire: «Antes sed
benignos misericordiosos,

perdonándoos unos a otros, como
Dios también os perdonó».

Y si es una de esas personas y
se pregunta: «¿Por qué, por qué

no soy libre para amar?

¿Por qué, por qué no puedo
entregarme?

¿Por qué no puedo hacerlo?

Quizá deba hacerse la pregunta:
¿qué hay dentro de mí con lo

cual quizá nunca he lidiado, que
debo rendir, que debo

confrontar, por qué necesito
sanidad en mi espíritu, sanidad

en mi alma, en mis emociones
dañadas.

Ciertamente nos hará daño.

Una segunda área en la que nos
daña es esta.

Y es que deteriora, escuche,
deteriora nuestra comunión, ah,

con el Señor.

Mire, no puedo estar bien con
Él, no puedo ser libre con Él.

Y ha habido momentos en mi vida
que no fue así, yo lidiaba con

cosas que sabía que debía
lidiar, y de algún modo

simplemente no tenía esa
libertad y liberación

en mi relación con Él.

Era una relación deteriorada.

No puede aferrarse al dolor,
hermano.

No puede aferrarse al dolor, y a
la amargura y aferrarse

al resentimiento, y
estar bien con Dios.

Y así, ¿qué pasa?

Se pone a orar
cuanto quiera.

Y puedo decirle cómo se siente.

Algo no conecta.

Puede decir cosas
que solía decir,

y no hace ninguna diferencia.

Puede intentar, puede intentar
evocar un sentimiento, no

funciona.

Porque mire, usted no puede ser
rencoroso.

Escuche, no tiene nada que ver
con lo que hace el otro.

Lo puede perdonar o amar, o
puede ser hostil, enojado,

amargado, resentido.

¿Sabe qué?

No tiene nada que ver con cómo
respondo.

Tiene que ver más bien con mi
relación con el Señor y cómo

reaccionaré y cómo responderé,
cómo recibiré o rechazaré o

manejaré esas heridas.

Y así, deteriorará su relación
con el Señor.

Escuche, no puede estar en este
lugar y regocijarse, cantar y

alabar al Señor en libertad y
disfrutar aquí y al mismo tiempo

tener algo muy dentro de usted
que lo sujete.

Y está ahí.

Le gustaría pero no puede.

Quiere pero no puede.

«Digo, daría cualquier cosa si
pudiera ser libre para alabar al

Señor y cantar y glorificar a
Dios y agradecerle».

No puede.

No puede.
¿Por qué?

Porque hay algo dentro que lo
daña, daña, escuche, lo daña

internamente, daña su relación
con el Señor.

Pero igualmente, dañan nuestra
salud.

Escuche, hermano, si cree que
puede tener heridas en su vida

con las que no lidia y si
no las enfrenta,

piensa que no tendrá

ningún efecto sobre usted;
piénselo otra vez.

Está, escuche, va a haber un
fusible quemado físicamente en

su cuerpo de alguna manera, a
menos que trate con las heridas

ahí.

Va a suceder.

Sería interesante si viera la
factura de medicinas en el hogar

promedio del país y analizará
qué medicinas son.

Casi seguro son de dolor de
cabeza, de espalda, de pecho o

estómago para el dolor
abdominal.

Por lo general es porque–no
siempre–porque una persona

puede tener, tener un disco
dañado, o tener un, algún

problema en el estómago que no
necesariamente fue el resultado

de ira o algo…

No digo que todas las
enfermedades, pero con

frecuencia muchas veces estas
cosas son resultado de algo que

pasa dentro que afecta nuestro
cuerpo.

Mire, Dios quiere llamar su
atención de una u otra forma.

Él preferiría que escuchará un
mensaje, se postrara, tratara,

se arrepintiera y siguiera
adelante.

Pero si ni lo hago, ¿qué pasa?
Esto es lo que pasa.

En vez de eso, escuche, en vez
de lidiar con sus heridas,

escuche atento, en vez de lidiar
con sus heridas y buscar

sanarlas, es más fácil ir al
doctor.

«Doctor, tengo esto, estoy
cansado.

Me siento mal todo el tiempo.

Y ah, me duele, me duele aquí,
me duele aquí, me duele por

aquí», e imagino que los
doctores, cuando la gente entra,

ya tienen una receta.

Les duele esto, aquello y lo
otro.

Y ¿qué hacen?

Le escriben una receta.

¿Para hacer qué?

Para aliviar su dolor, no para
sanar su problema.

Y ¿qué pasa?

De acuerdo, es más fácil ir al
doctor por una receta, se

sentirá mejor.

Pero ¿sabe qué pasa?

Cuando se acaba la receta, ¿qué
debe hacer?

Debe volver y conseguir otra.

Y hay gente tomando drogas por
años y años y años y años y

años, ¿por qué?

Porque no van a lidiar con el
dolor en su interior, que

sucedió hace mucho, años y años
atrás en su vida.

Es más fácil, es mucho más fácil
tomar algo, escuche, es el tipo

de gente que vive el momento.

Me siento bien por el momento.

No me preocupa el futuro.

No me preocupa el dolor, no me
preocupa la consecuencia

de esto.

Solo quiero sentirme bien ahora.

Y yo les digo que es devastador.

Lo, escuche, lo dañará
emocionalmente.

Deteriorará su relación con el
Señor.

Afectará su relación con otra
gente.

Lo afectará en su salud tarde o
temprano.

En algún punto del camino, algún
fusible se va a quemar, si no

hacemos lo que Él dice.

Y es que, Él dice, dice:
«Quítense de vosotros toda

amargura, enojo, ira, y
maledicencia, y toda malicia».

Dice: «Supongamos que debo
perdonar a alguien».

¿Cómo lo hago?

Escuche atento.

Definamos lo que no es el
perdón.

Perdonar no es justificar las
acciones del otro.

Perdonar es no olvidarlo.

Perdonar no es tolerarlo,
diciendo: «Bueno, todos cometen

errores» y lo que sea.

No es negarlo.

No es excusar lo que esa
persona nos hizo.

No es decir: «Bueno,
inevitablemente el tiempo sanará

esto».

No lo hará a menos que usted
lidie con lo que sea que le

causó ese daño o esa herida.

Mire, si perdono a alguien, esto
es lo que hice.

Dije que deliberada y
voluntariamente anulé, cancelé

esta deuda que me deben como
consecuencia de cómo me

lastimaron.

Así lo dejé de lado.

Lo deseché.

Ya no guardo ningún rencor
contra ellos.

¿Eso significa que ah, todo está
bien entre nosotros?

No necesariamente porque mire,
escuche atento.

Usted y yo no somos responsables
de la respuesta de otro a

nuestro perdón.

Puede ser clemente.

Puede ser, Dios puede sanarlo y
la otra persona que le hizo algo

puede no ser sanada.

Puede que no le interese sanar.

Puede que no, escuche.

Su malicia es tan fuerte hoy
como lo fue ayer.

Y por ende, quizá nunca cambien,
pero ¿sabe qué?

Somos responsables de cambiar
sin importar qué haga la otra

persona.

No somos responsables por las
acciones de otros.

Ellos son responsables de sus
respuestas.

Le dan cuenta a Dios de sus
respuestas.

Usted dice: «Supongamos que
alguien me lastimó hace mucho

tiempo y vive en una ciudad
distante».

O quizá lo que le hicieron, ni
siquiera podía compartirlo con

nadie más de ninguna forma.

O supongamos que murió.

¿Luego qué?

Y pienso, pienso en las
tragedias.

Esta es toda una tragedia.

Pienso en las tragedias, las
cosas que pasan entre los niños

y sus padres.

Y luego el padre, por ejemplo,
el padre o la madre se muere y,

y esta amargura y
resentimiento y hostilidad,

dicen: «¿Ahora qué hago?

¿Tengo que vivir con esto el
resto de mi vida?

¿Tengo que vivir con esto
aferrado a mí

el resto de mi vida?

No puedo resolverlo.

No lo hice, no puedo en este
tiempo, y ya no está.

¿Ahora que hago?».

Debo hacer esto.

Y funcionará.

Deben estar solos.

Poner 2 sillas.

Se sienta en una y pone a la
persona en la otra silla.

Esa persona puede vivir en su
cuadra, pero no le habla ni

trata con usted.

Está bien.

O puede estar muerta.

La pone en una silla y usted en
la otra.

Y luego hace esto con cuidado.

Le expresa a la otra persona
todos los sentimientos que

tiene, la forma en que cree
que lo lastimó.

Y todos los sentimientos que
tiene, los deja salir.

Y luego le dice a la
otra persona:

Con base a que el
Señor Jesucristo

es mi salvador personal, fue a
la cruz y pagó mi deuda por el

pecado, y porque me ha perdonado
a lo largo de los años–

Yo elijo perdonarte por todo lo
que me hiciste.

Y luego hace esta oración:
«Padre, te agradezco por

darme el poder y el privilegio
de rendir esta herida que lleva

ahí años y años.

Te agradezco por permitirme
poder perdonar a mi padre, mi

madre, mi hermana, mi hermano,
mi hijo, mi hija, mi amigo.

Gracias por hacer posible que yo
los perdone» y luego acepte,

escuche, acepte el perdón que
usted le otorgó a la otra

persona como hecho.

Y hermano, desde ese momento, el
proceso de sanidad sucederá en

su vida, comenzará a pasar en su
vida.

Y lo que podría o lo estaba
dañando y lastimándolo más de lo

que creía, el proceso de sanidad
comenzará a ocurrir.

Y Dios lo hará libre de la
herida que al final lo habría

dañado y al final lo habría
destruido.

Y ahora, solo usted sabe quién
en su vida, qué en su vida, qué

experiencia en su vida le causó
una herida.

Solo usted sabe cuán profundo
y manchado se siente.

Y entiendo que hay situaciones y
circunstancias que son

devastadoras y malvadas y
perversas y tan viles y tan

malas y tan dañinas e hirientes
y dolorosas y difíciles de

manejar, lo entiendo.

Quizá nadie entienda que se
siente como se siente.

Y así, no puede compararse con
alguien más.

Solo debe hacerse la pregunta:
¿Quiero, quiero que las heridas

me dañen física y emocionalmente
en mi relación con Dios y mi

relación con otros?

¿O quiero ser sanado?

Esa es una decisión que debe
tomar.

Y entonces digo esto.

Dios el Padre, si confía en su
Hijo, el Señor Jesucristo, como

su salvador personal, el
Espíritu Santo entrará en su

corazón y esto es lo que hará:

Él le permitirá a usted
perdonar.

Él lo fortalecerá y lo ayudará.

Pondrá tal amor en su corazón
que podrá mirar a la otra

persona y pensar en ella
diferente.

Le verá muchas veces con
perspectiva diferente.

Le verá como alguien que fue
herido en su vida y por ende,

respondió así a usted.

Mire, en un momento de su vida
reaccionó de manera equivocada.

En un momento de debilidad le
hizo algo que lo dañó mucho.

La actitud de usted cambiará.

Esto pasará.

Cuando confía en el Señor como
Salvador, Él le permite ser

capaz de perdonar porque, por
primera vez en su vida, usted

entiende qué significa ser
perdonado.

Quisiera animarle si nunca ha
confiado en Jesucristo como su

Salvador, puede pensar que
avanza pasándola bien

por la vida,

pero mire, la verdad es que
sufre en un nivel más profundo e

invisible de lo que cree.

Al final, va a tomar y tener
efecto sobre su vida.

Si es un creyente, y sabe que es
salvo, y sin embargo dice:

«Pensé que había olvidado
qué pasó.

Pensé que al olvidarlo y dejarlo
de lado se desaparecería».

No es así.

Y quisiera animarlo.

Puede ser que diga: «No sé qué
pensar de eso de poner las

sillas y hablar».

Inténtelo.

Si no quiere hacer eso, haga
esto.

Escríbale una carta.

Tan solo escríbala, en una
hoja a mano, como quiera.

Solo escríbala, todas las cosas
que siente.

Y luego exprese, exprese en la
carta, escriba su oración en la

carta y luego hará esto: Usted
la quemará.

Y con ese fuego se irá su ira,
resentimiento, hostilidad,

amargura y cada herida que
albergó esos años de su vida.

Hermano, el Padre lo quiere
libre.

Esto dice Él: «Conoceréis la
verdad, y la verdad

os hará libres».

Y esta es la verdad que lo
libera.

Cuando todos estamos
dispuestos a perdonar,

así como nuestro Padre

nos ha perdonado, seremos libres
de la herida.

Seremos libres del daño que esas
heridas nos causaron

en el pasado,
si confiamos en Él.

[música]