Ausente de la fiesta – Dr. Charles Stanley

En este mensaje, el Dr. Stanley destaca la segunda mitad de la parábola del hijo pródigo. Aunque el hermano mayor de la historia aparenta ser un hijo devoto, su corazón está lleno de amargura y celos. No permita que el orgullo envenene su relación con Dios ni con sus hermanos en la fe.

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locutor: En Contacto
con el Dr. Charles Stanley.

Alcanzamos al mundo
con el evangelio de Jesucristo

por medio de una enseñanza
bíblica sólida.

Hoy, en el programa En Contacto,

«Ausente de la fiesta».

Dr. Charles Stanley: Jesucristo
era un gran experto

en contar historias.

No solo eso, conocía muy bien
a su audiencia.

Al ver el capítulo 15 de Lucas,
donde está nuestro pasaje, vemos

que sabía bien quién estaba en
la multitud, quién escuchaba

y quién veía.

Y ese capítulo comienza así: «Se
acercaban a Jesús todos los

publicanos y pecadores para
oírle, y los fariseos y los

escribas murmuraban, diciendo:
‘Este a los pecadores recibe,

y con ellos come'».

Luego habla del hijo pródigo.

Por lo general, la conocemos
como la parábola del hijo

pródigo, y la primera parte
trata de eso.

Pero deseo que veamos que hay
otro lado de esta historia

del hijo pródigo.

Sabemos la historia, que el
joven decidió que había vivido

lo suficiente con su familia.

Quería su porción de la herencia
que le correspondía, y decidió

irse de la casa.

Se fue, y dice la Biblia
de forma muy clara que:

«Desperdició sus bienes viviendo
perdidamente y cuando todo lo

hubo malgastado, vino una gran
hambre en aquella provincia».

Terminó empobrecido, en una
pocilga, comiendo comida

de cerdos, algarrobas.

Vemos eso, y luego vemos cómo
al final volvió a casa y la

celebración que hubo, y pensamos
qué maravillosa historia de

perdón del hijo pródigo que Dios
demostró mediante Cristo.

Hay toda otra historia aquí, y
es una que no mencionamos con

mucha frecuencia.

Lo primero que deseo decir es
que cada quien puede hallar

su vida en esta parábola.

Por ejemplo, está el hijo
pródigo; luego está el padre,

quien lo esperó y lo perdonó;
luego está el otro hijo, y ese

otro hijo en particular es a
quien deseo que veamos hoy.

Hablamos del hijo que volvió a
casa, y ¿qué del otro hijo?

Así que deseo que se pregunte:
¿Cuál de estos personajes me

describe mejor?

¿El padre amoroso, el hijo
descarriado, el otro hijo, quien

no se fue de casa sino se quedó
allí?

Así que veámoslo por un momento.

Al considerar eso, pienso en lo
que sucede aquí, desde el

versículo 25: «Y su hijo mayor
estaba en el campo; y cuando

vino, y llegó cerca de la casa,
oyó la música y las danzas».

Piénselo, están de fiesta.

Nadie lo ha invitado.

Acaba de llegar y se enteró de
que había una fiesta.

¿Qué será lo que pasa?

Entonces, «Y su hijo mayor
estaba en el campo; y cuando

vino, y llegó cerca de la casa,
oyó la música y las danzas; y

llamando a uno de los criados,
le preguntó qué era aquello.

Él le dijo: ‘Tu hermano ha
venido; y tu padre ha hecho

matar el becerro gordo, por
haberle recibido bueno y sano'».

Imagínese cómo se habrá sentido
el hermano.

«Entonces se enojó,
y no quería entrar.

Salió por tanto su padre,
y le rogaba que entrase».

Pero le contestó así: «Mas él,
respondiendo, dijo al padre:

‘He aquí, tantos años te sirvo,

no habiéndote desobedecido
jamás, y nunca me has dado

ni un cabrito para gozarme
con mis amigos'».

«¿Qué clase de padre eres?».

«Pero cuando vino este tu hijo,
que ha consumido tus bienes

con rameras».

Es interesante que no haya
mencionado un montón de pecados,

sino el peor: «‘has hecho matar
para él el becerro gordo’.

«Él entonces le dijo: ‘Hijo,
tú siempre estás conmigo,

y todas mis cosas son tuyas.

Mas era necesario'».

Fíjese en esto: «era necesario
hacer fiesta y regocijarnos,

porque este tu hermano era
muerto, y ha revivido; se había

perdido, y es hallado».

Y punto.

Así que este mensaje se titula
Ausente de la fiesta.

Ahora, deseo que pensemos
por un momento.

Pensemos en lo que pasaba en
el corazón de este hombre,

en su vida, en su mente.

Cuando llegó a casa, se sintió
como relegado, ignorado:

«Pues si mi hermano
es tan importante,

¿por qué no me lo dijeron?».

Y deseo que veamos esto: Es
fácil criticar a otras personas

que viven en pecado,
sin autoevaluarnos,

eso es muy fácil, y todos
lo hemos hecho.

Hemos visto el pecado de
los demás y hemos pensado:

¡Qué horror!

Sin nunca detenernos a pensar
en el por qué, ni en

¿cómo me comparo con eso?

Las siguientes palabras
que le daré describen

a este hijo mayor.

En primer lugar, en el versículo
28 dice que estaba enojado.

Como es natural, estaba enojado,
se sintió relegado.

Nadie le habló de la fiesta
porque su padre dijo:

«Tenemos que celebrar».

Estaba enojado.

Segundo, estaba celoso.

Veamos en el versículo 29: «Mas
él, respondiendo, dijo al padre:

‘He aquí, tantos años te sirvo,
no habiéndote desobedecido

jamás, y nunca me has dado ni
un cabrito para gozarme

con mis amigos'».

Muy celoso.

En tercer lugar,
estaba muy amargado.

Escuche esto: «Pero cuando vino
este tu hijo, que ha consumido

tus bienes con rameras,
has hecho matar para él

el becerro gordo».

Resentimiento, vea el versículo
29: «Mas él, respondiendo,

dijo al padre: ‘He aquí,
tantos años te sirvo'».

Muy resentido por el hecho de
que había sido fiel en la casa,

hizo su labor sin
reconocimiento alguno.

Versículo 29—rechazo.

«Por tantos años te serví,
no hiciste esto por mí».

Se sintió rechazado y como
resultado rechazó a su padre.

Cada uno de estos, los
versículos están aquí:

Enojo, celos, amargura,
resentimiento, rechazo y rencor.

«Esto es lo que has hecho.

Ahora mírame».

Se mostró muy rencoroso en el
versículo 30: «Pero cuando vino

este tu hijo, que ha consumido
tus bienes con rameras,

has hecho matar para él
el becerro gordo».

Muy irrespetuoso, veamos el
versículo 30: «Pero cuando vino

este tu hijo, que ha consumido
tus bienes».

Note lo mucho que enfatiza esas
palabras: «este tu hijo».

Versículo 21, muy recriminador:
«He aquí».

«Esto es lo que has hecho.

Nunca me has dado eso».

También muy santurrón: «He
estado contigo todos estos años.

He hecho todo lo que me
has pedido».

Luego en el versículo 30 vemos
su lenguaje cáustico, mordaz

e hiriente: «Pero cuando vino
este tu hijo», No– «mi hermano».

«Cuando vino este tu hijo,
que ha consumido tus bienes

con rameras, has hecho matar
para él el becerro gordo».

Ahora, al ver sus acusaciones,
podemos entender por qué

se sintió así.

A veces tendemos a ser críticos
de otras personas que han pecado

contra Dios de alguna manera
terrible, horrible,

a veces atroz, y a menudo
no nos detenemos a pensar:

«¿Y yo qué?».

Así que deseo que veamos algunas
lecciones aquí.

Y el Señor Jesús les decía
a estos fariseos y saduceos:

«Cumplen la ley.

Es muy evidente que ustedes
cumplen la ley, pero

¿qué de su actitud?».

Así que hay 2 pocilgas en esta
parábola: una está

en una provincia apartada,
y la otra está en casa.

Este joven estaba en una pocilga
en casa.

Nunca se fue, pero vea su
carácter: Enojo, celos,

amargura, resentimiento,
rechazo, rencor, irrespeto,

recriminación, santurronería,
mordacidad.

«Este tu hijo, hiciste esto por
él, nunca lo hiciste por mí».

A veces nos sentimos
muy piadosos por algo.

Lo que deseo que haga al ver
este pasaje es examinarse:

«Señor, ¿tengo algo de esto
en mi vida?

Es pecaminoso, es vil, no tiene
nada que ver con rectitud ni

con vivir en santidad».

Escuche bien: enojo, celos,
amargura, resentimiento,

rechazo, rencor, irrespeto,
recriminación, santurronería,

causticidad, mordacidad.

Y usted ya pensó en algo en su
propia vida, se lo aseguro.

Hay 2 pocilgas: una en casa,
otra lejos de casa.

Lo que Cristo decía es: «Pueden
ir a la sinagoga cada sábado,

pero ¿qué de su corazón?

¿qué de su actitud?

¿qué de cómo ven a otros?».

Luego, pensémoslo de este modo,
podemos estar en una provincia

apartada sin siquiera saberlo.

Vamos a la iglesia, hacemos
buenas obras, o damos,

o lo que sea.

Se trata de la condición
del corazón: ¿Qué pienso?

Un hijo estaba consciente
de su pecado.

Se humilló en la pocilga,

fue una vergüenza para todos.

Pero su hermano, quien nunca
se había ido de casa, quien fue

un siervo fiel a su padre,
estaba en otra pocilga.

Era un santurrón, y además
estaba lleno de enojo, amargura,

celos, resentimiento, rechazo,
rencor, irrespeto,

causticidad y mordacidad.

Quizás alguien diga: «¿Por qué
sigue trayendo eso a mi mente?».

Pues deseo que nos examinemos
y veamos si esto es cierto

en nosotros.

¿No está de acuerdo en que nada
de eso es propio de un seguidor

de Cristo?

Nada de eso es apto para
una persona renacida.

Creo que hay mucha gente que
vive en esa segunda pocilga

sin darse cuenta.

Toda clase de actitudes,
prejuicios, incredulidad

y falsas doctrinas,
pero solo las actitudes.

Si pensamos en lo que dijo
el Señor Jesús en todas sus

enseñanzas, no siempre hacía
milagros, ni daba enunciados

doctrinales sobre algo,
se enfocaba en la actitud.

Cristo sabía justo cómo llegar
directo al corazón, para

ayudarnos a examinarnos,
y a entender lo que ocurre.

Así que uno de los hijos estaba
tan desesperado que se

alimentaba con las algarrobas
que caían del árbol de donde

comían los cerdos, y tenía que
pelearse con los cerdos

por las algarrobas.

El otro hijo podía sentarse con
su gran banquete en lo físico,

pero en lo emocional tenía el
veneno del rencor en su corazón.

Porque quizás estaba en casa,
pero no había unión entre él

y su padre.

Tal vez hacía todo lo que el
padre le decía que hiciera.

Pero ¿qué de lo que sentía?

Enojo, celos, amargura,
resentimiento, rechazo, rencor,

irrespeto, recriminación,
santurronería, una actitud

cáustica, mordaz e hiriente
actitud.

Así que la senda de la libertad
de la pocilga de la vida

comienza ¿con qué?

Con arrepentimiento y entrega
a la voluntad del Padre,

admitirlo, reconocerlo,
confesarlo y volver

a casa al Padre.

Entonces, veo este pasaje y
recuerdo lo que dijo Jesucristo:

«Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados,

y yo os haré descansar».

«Venid a mí todos–»

Ninguno de nosotros es perfecto,
nunca lo seremos.

Este pasaje bíblico es tan
descriptivo: de quienes están

afuera y nos critican por
nuestros errores y fracasos;

de quienes prueban y arruinan su
vida, y tienen que volver a casa

destruidos emocionalmente; y
de los que son santurrones,

llenos de celos, ira, críticas,
prejuicios, de todo, y ¿qué?

¿Cuál de los 2 está
en peor condición?

De haberle preguntado a Cristo,
¿cuál cree que habría dicho?

Creo que habría dicho que el
hermano que se quedó en casa

y se veía bien, estaba en peor
condición que el hermano

lo arruinó todo, y con
arrepentimiento genuino dijo:

«Volveré a casa, arreglaré esto,
iré a casa como siervo

de mi padre.

Ni siquiera merezco su perdón,
ni su aceptación.

Jesucristo quería que los
fariseos y saduceos vieran

que no se trata de estatus,
posición, riqueza, aceptación,

ni títulos, es la condición
del corazón.

Puede vivir en un basurero
y ser un santo.

Puede vivir en un castillo y
no ser apto para estar allí.

No es todo lo externo.

Todos nosotros en algún momento
de nuestra vida,

en lo que sea, todos hemos
pecado contra Dios.

Quizás alguien esté sentado hoy
aquí y piense:

«No sé por qué vine hoy.

No me siento digno de estar
sentado en medio de un montón

de gente santa».

Nunca debería sentirse tan
pecador que no pueda venir

a la iglesia.

Nunca debería sentirse como que
su situación es tan mala que

no sería aceptado si habla
de lo que ha hecho,

el asunto no es ese.

Cristo nunca rechazó a un
pecador contrito y sincero.

Y les dijo a estos fariseos
y saduceos: «Se ven bien,

pero vean su corazón.

Este joven lo arruinó todo,
en una pocilga,

y todos ustedes lo arruinan
todo y van a la sinagoga».

Mire, cada uno de nosotros puede
encontrarse en algún lugar

en esta historia.

Hablamos del hijo pródigo que
vuelve a casa, y este otro es

el hijo pródigo que se quedó
en casa.

Quizás alguien piense: «Pero
usted no sabe lo malo que soy».

Dios lo sabe, escuche este
versículo bíblico: «Porque de

tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,

para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga

vida eterna».

No dijo «excepto», «si», «pero»;
dice: «Ven a casa

y te perdonaré».

Y deseo invitarle a que le pida
a Cristo que perdone su pecado.

No importa cuán lejos
crea estar.

Si cree estar desvalido y sin
esperanza, nunca está sin

esperanza mientras Dios esté,
y Él siempre está,

no está sin esperanza.

[congregación aplaudiendo]

Pídale perdón, le perdonará.

No solo eso, Dios manda a su
Espíritu Santo a su vida para

facultarle, alentarle, cubrirle,
acompañarle, impulsarle, darle

todo lo necesario para una vida
consagrada y pura.

Cualquier hábito que tenga,
cualquier medida que haya tomado

que le lleva por el rumbo
equivocado, hoy puede dar la

vuelta al pedirle perdón a Dios,
rendirle su vida, y pedirle que

le dirija a amigos, a la iglesia
correcta, a escuchar

el evangelio de Cristo y a
crecer en su vida cristiana.

No tiene que quedarse
en la pocilga,

no tiene que estar allí.

[congregación aplaudiendo]

Padre, confesamos que todos
estaríamos en una pocilga si no

fuera por tu gracia admirable
que ha alcanzado nuestras vidas,

ha lidiado con nuestro pecado.

Por la sangre de Cristo,
nuestros pecados son perdonados,

y nuestros nombres escritos en
el Libro del Cordero, te tenemos

como nuestra vida mediante
el poder del Espíritu Santo.

Padre, te pido que hoy nos
hables a cada uno de nosotros,

y que seamos sinceros para
contestar la pregunta: ¿Estoy

en una pocilga fuera de tu
voluntad, y es muy evidente

que estoy fuera de tu voluntad?

¿O estoy en una pocilga un tanto
escondida, y nadie sabe

lo que estoy pasando?

Te pido que hables a nuestros
corazones, Padre.

Te pido por alguien hoy aquí que
ha estado escuchando o viendo, y

en su corazón sabe dónde está en
su vida espiritual y emocional;

que esté dispuesto a confesarte
su pecado y reconozca que

has dado gracia mediante la
cruz, para perdonarnos cualquier

pecado y todo pecado
para siempre.

Dijiste: «Si confesamos nuestros
pecados».

O sea, estar de acuerdo contigo
sobre ellos.

«Él es fiel y justo».

O sea, siempre podemos contar
con que lo harás.

«Para perdonar nuestros
pecados».

No solo eso, nos limpias: «y
limpiarnos de toda maldad».

De todo pecado y nos das
un nuevo comienzo.

Quizás más nadie sepa dónde
estamos en las pocilgas,

pero Tú lo sabes, Señor.

Y como amaste a estos 2 hermanos
por igual, te pedimos que donde

sea que estemos, en cualquier
pocilga, hoy decidamos girar

y volver a casa, y gracias por
un nuevo comienzo, en el nombre

de Jesús, amén.

[música]